Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Honorato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Honorato. Mostrar todas las entradas

PAPEL DE LO SIMBÓLICO EN EDUCACIÓN

lunes, 24 de agosto de 2009

Cuando un fenómeno es designado con una palabra, se define un significado particular para él. Para cualquier oyente, a partir de entonces, el fenómeno no significa más que lo que la palabra indica. A veces, a modo de ejercicio, las personas se preguntan por qué tal cosa se llama de tal modo, quedando sin resolver el enigma. El presente trabajo tampoco responderá dicha pregunta, pues para efectos prácticos, lo que interesa es comprender el papel del significante en las relaciones entre las personas y, en particular, en el ámbito de la educación.
A veces, el significado atribuido a un fenómeno, está contenido más en la entonación con que se nombra, que en la palabra propiamente tal, “¡el primer año B!”. Dicho con la entonación justa, el significado fluye solo, es decir: “curso problema”.
Aunque se puede concluir que en la descripción de un fenómeno confluyen el signo y la entonación, hay palabras que, por sí solas, despiertan un significado específico, válido, ciertamente, para un cierto grupo de referencia.
Tomando las palabras de un profesor de psicoanálisis argentino, experto en Lacan, psicoanalista francés, que conjuga con gran inteligencia el psicoanálisis con la lingüística, cabe hacer mención de un cuento de Borges, que usa en una de sus clases para explicar la fuerza del significante en la percepción y en la conducta de las personas. El texto cuenta que en una batalla entre dos regimientos enemigos, uno de ellos mandó traer jaulas con leones para atacar al ejército enemigo. En el momento del enfrentamiento el capitán ordenó soltar a los animales, estos, dirigidos por un sagaz comandante, ordenó a los soldados atacar con palos a los perros que había soltado el enemigo, reduciéndolos a golpes, pudiendo, acto seguido, invadir el campo contrario y ganar la batalla.

El planteamiento de Lacan es que un fenómeno no existe si no hasta que una palabra lo designa, y que una vez designado y representado por un símbolo, se define un significado, capaz de de ser reconocido por cualquiera que pertenezca al grupo o cultura de referencia.
Cuando se trata de un sujeto, el símbolo que lo representa ciertamente lo determina. “Ah!, el veneno…”, “el callado”, “el pesado”, etc. Del mismo modo, la designación de un grupo de estudiantes como un curso disruptivo, no solo influye en la percepción que se tiene del grupo, sino que además impone expectativas, que el grupo, inconscientemente hace suyas, generando el comportamiento correspondiente.
Con el fin de dar un cauce operativo a este saber, importa centrar el análisis más en la percepción del fenómeno, determinada por el significante, símbolo o palabra que lo representa, que en el juego de expectativas que genera dicha designación en el propio fenómeno. Como hace el comandante del ejército atacado, que si hubiese nombrado a los animales como leones, sus soldados habrían sido consumidos por el miedo primero, y por los leones luego.
El lenguaje es una cárcel, por cuanto todo fenómeno representado por un símbolo queda sometido a una estructura que le otorga un significado particular, no pudiendo escapar de él, so pena de entrar en la psicosis.
Complejo dilema para el educador, que es un prisionero más del lenguaje. ¿Cómo escapar al símbolo que se interpone entre su percepción y el fenómeno, como ver un significado distinto al símbolo “primer año B”, si ya se estableció una relación significante significado nefasta?
Pero, “primer año B”, es sólo una designación del fenómeno, entre muchas otras. Ellos también son, “alumnos del colegio cualquiera”, una “nueva generación de estudiantes”, los “forjadores del futuro”, “hijos ilustres de tal lugar”, el “orgullo de sus padres”, “adolescentes en búsqueda de una identidad”, “seres en formación”, etc.
¿Qué tal si en lugar de nombrárseles leones se les nombra perros…?

Fernando Honorato Basualto
Psicólogo Universidad de Chile
fdohonorato@hotmail.com

FASE DEL ESPEJO Y NARCISISMO NORMAL Y PATOLOGICO APLICADO AL LIDERAZGO

martes, 11 de agosto de 2009


La fase del espejo, definida por Lacan como el momento del encuentro de sí mismo frente al espejo, cuyo valor radica en el reconocimiento que hace el infante del otro como un objeto integrado, con una lógica fisiognomónica, que le da sentido a la propia imagen, en contraposición con el caos circundante, anterior a este momento, donde solo percibe partes dispuestas de un modo casual,no obstante el sentimiento de júbilo que tal reconocimiento promueve en el infante, por el descubrimiento de la magnificencia de la imagen especular, la fijación a este momento impide el paso de lo imaginario a lo simbólico y la resolución del complejo de Edipo.
El narcisismo, por lo tanto, visto como la fijación del sujeto a la imagen de sí mismo en espejo, si bien permite el goce de los favores de la inconsciencia, impone el fracaso del ingreso del sujeto al orden social, cuya condición es la simbolización y la aceptación de la ley del padre.
El sujeto narcisista, atrapado en la imagen de sí mismo, se incorpora al mundo de los hombres, pero sujeto al deseo del otro, con una confusión de papeles y lugares, atrapado en relaciones simbióticas y ambiguas, desprovisto de una identidad propia, o al menos bien delimitada, incapaz de autogobernarse, de generar un espacio propio, de crear un estilo de vida original, y, quizá, lo más grave, de interactuar auténticamente con los demás.
El narcisismo, consecuencia de la fijación del sujeto a la fase del espejo, predispone al desarrollo de una personalidad que Otto Kernberg denomina “Personalidad Narcisística”, cuyas características resume en tres conjuntos de rasgos, descritos en el cuadro 1, transcrito de Revista de Psiquiatría, 1988, N° V, Pág. 105:





Patología de la Estimación del Sí Mismo
Autorreferencia excesiva
Grandiosidad
Superioridad Exhibicionista
Necesidad de admiración por parte de los demás
Superficialidad emocional
Crisis de inseguridad
Estructura
Patología de las Relaciones de Objeto
Envidia consciente e inconsciente
Mecanismo de Defensa: devaluación
Explotación de otras personas
Incapacidad de depender de otros
Falta de empatía
De
Personalidad
Narcisística
Patología del Super Yo
Leve
Incapacidad de experimentar depresión
Graves cambios de ánimo
Tendencia a regirse por vergüenza en vez de culpa
Falta de integración de valores éticos adultos
Grave
Conducta antisocial
Agresión egosintónica
Tendencia paranoidea
Narcisismo Maligno
El narcisismo, descrito en su dimensión patológica, encuentra expresión más atenuada en los sistemas sociales, en los diferentes roles desempeñados por el sujeto. Referido al liderazgo, el cuadro 2 describe las polaridades normal y patológica del narcisismo:



Narcisismo Normal
Narcisismo Patológico
Seguridad en sí mismo
Capacidad de reconocer errores y tolerar su exposición
Capacidad de tolerar la agresión
Capacidad de intuición, empatía y conocimiento de la naturaleza humana
Selección adecuada de colaboradores
Tolerancia y estímulo al desarrollo personal de otros
Inseguridad recubierta de hiperseguridad como compensación
Desprecio a la opinión de los demás, especialmente si contradicen sus convicciones
Incapacidad de tolerar agresión, porque es sentida como un ataque al Yo grandioso patológico
Hace todo lo posible para que todo el mundo lo quiera todo el tiempo
Incapacidad de empalizar y reconocer las necesidades de los demás
Selección de colaboradores incondicionales con expulsión de los críticos
Envidia, que le impide tolerar la creatividad o los aportes de otros
Idealización del personal de otros departamentos, como descalificación
Impulsor de la competencia y la traición entre pares
Fuente: Dimensión Psicológica e Integridad en el Estilo Administrativo, Dr. Otto Kernberg, Rev. Psiquiatría, 1989, N° VI, Pág. 17.
Fernando Honorato Basualto

CASTRACION, ALIENACION Y ORGANIZACIÓN SOCIAL

La castración, que impone la voluntad del padre y marca el ocaso del complejo de Edipo, cuya acción recae sobre los deseos incestuoso y parricida del niño, continúa su tarea en la sociedad, que frena de un modo inclaudicable la realización de los deseos del individuo, negándole, finalmente la condición de ser auténtico, requisito indispensable para la pertenencia al orden social.

La castración, que así entendida, es el móvil constitutivo de los sentimientos de rebeldía o rechazo que abrigan algunas ideologías que se oponen de un modo crónico al poder establecido, encuentra su relativización y conciliación con los conceptos de placer y realidad, introducidos por la teoría psicoanalítica.

Pese a lo seductor que resulta la posibilidad de satisfacción del deseo, el modo de encuentro en la realidad con el fenómeno, constituye la génesis de la enfermedad o la salud. Impedido de escapar a la simbiosis, el individuo que satisface el deseo, ve imposibilitado su ingreso en el orden simbólico, que le otorga un nombre y un lugar en la sociedad.

La castración es la alienación, pues sitúa al individuo más allá del placer, al imponer la prohibición, expresada por el nombre que lo distingue y le niega autenticidad. La alienación o castración es también la realidad, principio sustitutivo del placer, que busca satisfacción inmediata. El principio de realidad es la postergación del goce, o su anulación.

El modo como el individuo se sitúa ante los principios del placer y de realidad, le otorga el sello distintivo de su inserción en orden social. Así, la realización, la negación o la transformación del deseo, constituyen el sustento de un tipo particular de estructura.

El psicótico, se sustrae a la alienación, que lo deja libre del orden simbólico, pero atrapado por el deseo. En la paidofilia, situada como una particular subestructura de la psicosis, se produce una inversión en la búsqueda del goce, por el doble componente de atracción e identificación constitutivo del complejo de Edipo, impulsado talvez por la propia perversión del objeto que niega constitutivamente para sí la ley paterna, imposibilitando su implantación en el orden familiar.

En la neurosis asistimos al triunfo de la prohibición, expresado en el obsesivo a través de rituales de aseguramiento que denotan la inseguridad y desconfianza del propio individuo en sus medidas de control. La histérica, en cambio, con su paradójica estructura, que le permite jugar y confundir con su forma de control, expresa a través de su comportamiento seductor la fuerza de la prohibición, que encubre a través de una pseudo inclinación al goce. El conflicto, tanto en la histérica como en el obsesivo, es la búsqueda de un deseo que saben prohibido, pero al cual no pueden renunciar.

Solo la renuncia al deseo incestuoso y a la reacción parricida ante la prohibición, vale decir, la aceptación de la castración, pueden liberar al individuo de su estructura patógena y aproximarlo a satisfacciones y realizaciones sucedáneas.

Tras la renuncia a los deseos incestuoso y parricida se constituye el sujeto, por su aceptación de la castración y la identificación alienante con el nombre que le es otorgado y lo diferencia en el seno de la sociedad, esto es, por la supremacía del principio de realidad.

La organización social, con su estructura normativa, sirve a la función de castración del padre, promoviendo su impotencia, que constituye la metáfora de la renuncia al deseo y el ingreso en el universo simbólico alienador.


Fernando Honorato Basualto
Psicólogo

 
Plantilla creada por laeulalia basada en la denim de blogger.