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PILAR SORDO : "NO QUIERO CRECER"

domingo, 29 de noviembre de 2009

Próximo libro de la psicóloga Pilar Sordo:No quiero crecer
La nueva sexualidad a los 15 años.
A esta edad los adolescentes sufren un remezón que afecta su desarrollo emocional y su conducta sexual. En su nuevo libro "No quiero crecer" -que saldrá a la venta esta semana-, la psicóloga Pilar Sordo describe esta etapa como un "terremoto" que pone a prueba los valores y la demarcación de límites. Aquí, las tres escalas del terremoto.



Primera escala:
La barrera del pudor


Hace unos años comenzó a ponerse de moda en varios colegios de Santiago y regiones el llamado "juego de las pulseritas" según la psicóloga Pilar Sordo. Aparentemente inocente y divertida, esta práctica ganó especial popularidad entre las niñas y niños de los últimos años de enseñanza básica y algunos de los primeros años de educación media. Su dinámica gira en torno a unas pulseritas de colores que las niñas se hacen con hilos de bordar y que se ponen en la muñeca con la misión de entregarlas a todos los compañeros con quienes se besarán durante una reunión o en alguna fiesta de colegio. Su reglamento es simple: La niña que logra desprenderse de más pulseras -que besa a más compañeros- gana el juego. Se convierte en la más popular porque los hilitos con su color distintivo ahora los lucen como trofeos, otros adolescentes, de los que la mayoría de las veces, apenas conocen el nombre.


Según Pilar Sordo, estas pulseritas -ya convertidas en un panorama del carrete pre-quinceañero- evidencian la forma explosiva en que los adolescentes han comenzado a traspasar, a edades cada vez más tempranas, la barrera del pudor.

Esta dinámica demuestra el poco valor que le entregan al acto de besarse, que bajo estos códigos se transforma en una práctica divertida, sin trasfondo. Más que un acto importante en su desarrollo sexual y emocional, se convierte en una búsqueda de sensaciones o de adrenalina.


Para la psicóloga, que describe este fenómeno en su nuevo libro, "No quiero crecer" (Editorial Norma), que se lanzará estos días, el pudor es clave para el desarrollo de la sexualidad de los adolescentes. El pudor comienza a vivirse junto con la aparición de los caracteres sexuales secundarios, aquellos que los distinguen, pero no son directamente parte del sistema reproductor (caderas y pechos en las mujeres; músculos y vello facial en los hombres). Esta etapa -que actualmente se inicia al final de los 11 años y al comienzo de los 12- provoca que se sientan y se vean distintos. La primera reacción es que niños y niñas comiencen a resguardarse, a taparse y, en la gran mayoría de los casos, a avergonzarse. El problema surge en la medida en que los adolescentes cambian, a la velocidad del rayo, la vergüenza por la desinhibición. Y eso, asegura Pilar Sordo, se evidencia primero en las mujeres y más tardíamente en los hombres. "Todo esto se hace evidente a los 13 años, cuando muchas niñas empiezan a tener un cuerpo de mujeres en una estructura mental que sigue siendo infantil. Entonces comienza el tema de jugar con estas características, probar con cuánto muestran y cuánto no muestran, y su actitud frente al pudor se trastoca. Sienten que mantener el pudor es una cosa medio ridícula, pero que en cambio es una osadía mostrar. Esta actitud está ligada con la sobreerotización de la sociedad, donde la mujer es más mujer en la medida en que tiene más busto".


En el caso de los hombres, este juego tiene un aspecto más conductual que corporal. Dice que la osadía masculina está en el empezar a conquistar, en vencer el pudor a nivel de personalidad. "Más que mostrar su cuerpo, ellos se preocupan más de conquistar, de mostrarse lo más machos posible y empiezan a trabajar su cuerpo para sentirse atractivos desde ese ámbito".


En la medida en que esto ocurre es inevitable que niños y niñas terminen encontrándose en un juego donde se potencian. Mientras estas niñas-mujeres se muestran más, los niños cambian sus conductas para conquistarlas. Aparecen los códigos de conquista sexual, un crecimiento adolescente impaciente y adelantado. Esto ocurre porque hay difusión en los límites; no está claro qué se hace a los 13 años, cuánto se seduce, cómo se conquista. "Esas situaciones corresponden a otra edad, y traspasar ese límite a la larga sólo genera daño. De hecho, yo planteo que en los cursos de séptimo y octavo básico no se debería pololear. A esa edad su misión debe estar más enfocada con establecer códigos de lealtad en las amistades, más que códigos de uno a uno en términos de relación de pareja", explica la psicóloga.


Para Pilar Sordo, como a esta edad los niños actúan muy instintivamente y no tienen un código emocional muy grande ni menos valórico, el concepto de autocuidado es clave. Puede marcar la diferencia en esta escala de desarrollo emotivo y sexual. El autocuidado es la salida, el fin de esta escala.


"Es la única manera de prevenir, pero requiere de tres cosas clave: una es la evaluación del riesgo, otra es el establecimiento de un código valórico que te permita protegerte y el otro tiene que ver con la incorporación de factores emocionales dentro de este repertorio erótico nuevo. Lograr que los niños manejen este concepto sólo depende de los padres, quienes deben haberlo trabajado desde el inicio de su crianza. Enseñazas como que nadie lo puede tocar, que tienen que respetarse a sí mismos, controlar sus instintos. Y eso, que en este momento se deposita en lo sexual, debió centrarse a los cinco años con las pataletas, o a los tres años para controlarle el sueño o los esfínteres. Al final, el cómo los papás codifiquen ese proceso de aprendizaje no es independiente de cómo va a llegar a codificar su conducta sexual en la adolescencia. Es una malla que empieza a agarrar redes distintas".


Segunda Escala: Los peligros de la invulnerabilidad


En su libro Pilar Sordo asegura que actualmente los adolescentes tienen un exceso de información sobre el sexo y la sexualidad finalmente termina por servirles de nada. Dice que en sus conversaciones con estos niños ha comprendido que "todos los conocimientos que ellos manejan en relación a cómo cuidarse en términos de mecanismos de anticoncepción, no los usan porque asumen que nunca van a vivir una situación tan extrema, y si la vivieran, tampoco van a correr ningún riesgo porque no les va a pasar nada".


Precisamente esta errónea convicción de seguridad -"de que no les va a pasar nada"- es una característica central de esta etapa de la adolescencia. Se conoce como principio de invulnerabilidad y está directamente relacionado con sus estructuras mentales y neurológicas propias de su edad, porque hay ciertas partes del cerebro que se bloquean en la evaluación de los riesgos. Lo natural es que esto vaya desapareciendo a medida que crecen. Pero como en la actualidad muchos adolescentes también desarrollan una temprana relación con el alcohol, este principio de invulnerabilidad crece y se extiende por un periodo más extenso de lo normal. Eso aumenta el riesgo. Se extiende la idea de que las cosas les pueden pasar a otros, pero no a ellos.


"La mayoría de los adolescentes debe asumir el miedo a la experimentación de conductas adultas de una manera positiva o negativa, dependiendo de su elección. Si lo viven de una manera positiva, el miedo va a ser un factor protector, que les va a decir que no se pueden meter en situaciones riesgosas porque van a salir dañados. Pero el problema surge porque en la actualidad el miedo no se enfrenta con esa mirada. Ya no está visto como un factor protector, sino como algo que hay que traspasar, que hay que avasallar. Ahora el miedo se vive en la medida en que se vence. Hoy, mayoritariamente los niños de 14 años valoran más al que dice que sí ante una conducta riesgosa que el que dice valientemente no para protegerse. Ése es el perno", explica la psicóloga.


Bajo esta perspectiva de riesgo mal enfocado, el tema sexual adquiere una perspectiva diferente. La explicación de Pilar Sordo es que durante la adolescencia son tantas las variables que hay que manejar en la vida cotidiana, son tantos los miedos con los que los niños tienen que enfrentarse -subirse a una micro por primera vez, poder andar de noche, experimentar situaciones sociales donde ven a otros consumir drogas, etc.-, que los adolescentes no están preparados para incorporar además un tema con tanta energía propia como el sexual. "Así, al adelantar su iniciación sexual, entre las niñas se desvirtúa el concepto de virginidad y muchas veces inician prácticas para las que no están preparadas como el sexo oral".


"Creo que hay un tema ahí que se debe reflexionar socialmente, sobre todo entre quienes creemos en el concepto de la espera, la espera en la madurez, la espera en el compromiso para poder entregar esta parte mía, porque evidentemente esa persona, me guste o no, formará parte de la memoria emocional. Creo que le hemos ido perdiendo el valor al concepto de espera, a pesar de que hay un grupo grande de jóvenes, de mujeres y hombres, que lo siguen valorando como algo importante, pero que no se atreven a decirlo, porque son castigados socialmente, al tratarse de un tema antiguo, un tema que aparentemente no tiene sentido. Y en eso los padres tenemos la responsabilidad de hacerles soñar con ese concepto, tanto a hombres como a mujeres", explica en su libro.


Para la especialista, la mejor manera para que los padres combatan la errónea percepción del principio de invulnerabilidad es que controlen los límites y resguarden el espacio protector de los hijos. Que expliquen claramente cuáles son los factores de riesgo a los que no están dispuestos que se sometan o vivan. Y eso pasa por su autonomía. "A los quince años los niños no deberían ser tan autónomos. Deberían tener una hora límite clara para carretear, y menos hacerlo en horarios nocturnos ni en discoteques, porque en esos espacios hay más riesgos. Además los papás deberían tener un control sobre las amistades de sus hijos. Deberían indicar las variables de control y las situaciones de riesgos de las cuales están protegiendo a sus hijos".


Tercera escala: El costo de la impaciencia


Para Pilar Sordo, la impaciencia adolescente es otra característica que define y determina el acercamiento de las nuevas generaciones a la sexualidad. Dice que estamos frente a pre-quinceañeros que quieren experimentar sensaciones con rapidez y con la excusa de que eso los hace sentir más vivos, más grandes. "Tiene que ver con la conexión, con la adrenalina, con el que desaparezcan las angustias, las responsabilidades. Pero este deseo de vivir al máximo inevitablemente se entrecruza con la imprudencia, con la pérdida de control, con la ignorancia de lo que se está experimentando".


Esta impaciencia inevitablemente está asociada con la sensación de invulnerabilidad. Es el paso siguiente de ese estado. En la medida en que los adolescentes pierden el miedo, que se sienten seguros ante el riesgo, que malinterpretan su autonomía, la ansiedad por experimentar crece y genera que se cometan conductas basadas en la impaciencia.


Además, aclara Pilar Sordo, esta sensación de experimentar también es provocada por otras estructuras sociales bastante más complejas que ejercen presión sobre los adolescentes. "Esta generación, a la que apellido "banda ancha", está determinada por un sentimiento de rapidez para todo; para ellos todo tiene que ser instantáneo, todo tiene que ocurrir en el momento, sin procesos largos. Y eso es algo que replican de lo que sucede dentro de hogares donde ya no se cocina sino que se compra la comida hecha, en los que todo se encarga por teléfono o por el computador. Ante esa realidad, estos niños, que no tienen su personalidad e identidad aún estructurada prenden como pasto seco".


Entonces, si a esta impaciencia también se suman las anteriores etapas -la pérdida de la barrera del pudor, la falta de autocuidado- no es de extrañar que un gran porcentaje de adolescentes actualmente tenga su primera relación sexual tempranamente, sin mayor conciencia de lo que están haciendo. Se inician en una sexualidad que, en la gran mayoría de los casos, no está asociada al afecto, sino sólo a la práctica.


"El resultado es que los adolescentes empiezan a sentir interiormente grandes cuotas de angustia, sobre todo las mujeres, porque ellas están por naturaleza más intrínsecamente hechas para asociar o mezclar lo emocional, y se les obliga a disociarlo, porque o están bebidas o porque así hay que hacerlo. El tema es que ni siquiera dejan espacio para una conquista larga. O se adelanta ella a decirle que le gusta, o se adelanta él, o se besan antes de conversar. El tema es ir saltándose etapas lo más rápido posible, para avanzar. ¿Hacia dónde? Ni siquiera ellos lo tienen claro, pero el punto es que están avanzando", dice la psicóloga.


Para poner freno a esta impaciencia, los mecanismos de control de los padres son clave. "Si los papás no atrincan, no ajustan y no aprietan, de aquí en adelante costará un triunfo. Fundamentalmente hay que tratar de poner límites de horario, conocer a los amigos de los hijos, algo más que sólo el nombre, tener acceso a las redes tecnológicas que maneja -fotolog, facebook, twitter, etc.-, saber cómo las viven y cómo las experimentan".


La especialista aclara que es muy importante que los padres comprendan que esto sucede en un trasfondo de deberes y derechos.


"Hoy los niños tienen más conciencia de lo segundo. En la medida en que los padres instauran esta conciencia, enseñan códigos valóricos a sus hijos y guiarlos para que se dejen de regir por lo instintivo, la estructura para resistir este remezón estará mejor preparada".




Por Juan Luis Salinas..

La primera vez

viernes, 4 de septiembre de 2009

En una época en que la sexualidad parece cada vez más fácil y explícita, y donde la iniciación sexual es cada vez más temprana, me pregunto si la primera vez, la primera relación de penetración todavía importa. No solo por el contacto físico que ella implica, sino principalmente por que no es sólo el cuerpo, o una parte del cuerpo, lo que se pone en juego en ese instante. Es mucho más que eso porque representa la entrega de sí a un otro, y además señala el
instante en que se dice adiós al cuerpo infantil, en lo metafórico y lo concreto. Hoy como ayer el primer encuentro amoroso no debiese tomarse como una banalidad ni para el varón ni para la mujer, porque conlleva riesgos, suscita esperanzas, despierta dudas y temores.
Representa, sin lugar a dudas un acontecimiento señalado en donde aparece la apropiación de un saber, y la conciencia de un cuerpo con posibilidades y límites.


Hay muchas personas que recuerdan vagamente su primera experiencia sexual, porque pasó por sus vidas como una acción rápida, otros y otras sin embargo la recuerdan con ternura, porque fue cuando debía y con quien se deseaba.

Hay cuatro preguntas principales en torno a este tema: Cuando, como,donde y con quién.

A lo largo de la historia la idea del momento adecuado se ha ido modificando, y hoy nadie se atrevería a asociar científicamente ese evento a una edad determinada, es más bien una
cuestión de decisión personal, en la que intervienen factores tan diversos como madurez emocional, perspectivas religiosas o morales, oportunidad, confianza en sí mismo y en el otro. El cómo nos remite a la educación, que en general es escasa y deformada en los adolescentes. Este tema no es menor por que allí parecen todos los miedos y riesgos que comporta la iniciación sexual, y deja una marca a veces indeleble en la vida sexual futura; cuando la torpeza, la violencia o el descuido reemplazan al afecto y la ternura. Un embarazo inesperado es un ejemplo de este mal principio.

Los temores más generales entre las mujeres son:
Al dolor
Al embarazo.
A que se les note -lo vivido en esa primera entrega- corporalmente.
Al objeto que va a penetrar en su espacio interior.
A ser sometidas.
Al rechazo posterior.
Al abandono.
A ser descubiertas.
A si serán capaces de gozar.
Entre los varones los temores son:
A penetrar.
Al himen y a la sangre femenina.
A no lograr la erección.
A no saber que y como hacerlo.
Al ridículo.
A hacer daño.
A ser descubiertos.
A embarazar a la mujer.
Sin ánimo de caer en esquematismos -por lo demás desaconsejables en materia sexual-, una buena iniciación sexual debería cumplir con ciertos requisitos.
Una elección libre y responsable.
Un lugar adecuado.
Tiempo disponible.
Un método anticonceptivo seguro y confiable, fruto de un adecuado asesoramiento médico, si es que no se desea tener hijos.
Privacidad.
La convicción de que “más rápido y mucho” no es sinónimo de “mejor”.
Tolerancia, comprensión y paciencia para con el otro y con uno mismo.
Amor.
Nadie es mejor o peor por tener una relación sexual, la diferencia reside en que cuando adopta la forma un acto mecánico y desprovisto de afecto es en rigor una iniciación forzada, que a veces ni siquiera resulta útil como entrenamiento.

www.robertorosenzvaig.cl

PAPEL DE LO SIMBÓLICO EN EDUCACIÓN

lunes, 24 de agosto de 2009

Cuando un fenómeno es designado con una palabra, se define un significado particular para él. Para cualquier oyente, a partir de entonces, el fenómeno no significa más que lo que la palabra indica. A veces, a modo de ejercicio, las personas se preguntan por qué tal cosa se llama de tal modo, quedando sin resolver el enigma. El presente trabajo tampoco responderá dicha pregunta, pues para efectos prácticos, lo que interesa es comprender el papel del significante en las relaciones entre las personas y, en particular, en el ámbito de la educación.
A veces, el significado atribuido a un fenómeno, está contenido más en la entonación con que se nombra, que en la palabra propiamente tal, “¡el primer año B!”. Dicho con la entonación justa, el significado fluye solo, es decir: “curso problema”.
Aunque se puede concluir que en la descripción de un fenómeno confluyen el signo y la entonación, hay palabras que, por sí solas, despiertan un significado específico, válido, ciertamente, para un cierto grupo de referencia.
Tomando las palabras de un profesor de psicoanálisis argentino, experto en Lacan, psicoanalista francés, que conjuga con gran inteligencia el psicoanálisis con la lingüística, cabe hacer mención de un cuento de Borges, que usa en una de sus clases para explicar la fuerza del significante en la percepción y en la conducta de las personas. El texto cuenta que en una batalla entre dos regimientos enemigos, uno de ellos mandó traer jaulas con leones para atacar al ejército enemigo. En el momento del enfrentamiento el capitán ordenó soltar a los animales, estos, dirigidos por un sagaz comandante, ordenó a los soldados atacar con palos a los perros que había soltado el enemigo, reduciéndolos a golpes, pudiendo, acto seguido, invadir el campo contrario y ganar la batalla.

El planteamiento de Lacan es que un fenómeno no existe si no hasta que una palabra lo designa, y que una vez designado y representado por un símbolo, se define un significado, capaz de de ser reconocido por cualquiera que pertenezca al grupo o cultura de referencia.
Cuando se trata de un sujeto, el símbolo que lo representa ciertamente lo determina. “Ah!, el veneno…”, “el callado”, “el pesado”, etc. Del mismo modo, la designación de un grupo de estudiantes como un curso disruptivo, no solo influye en la percepción que se tiene del grupo, sino que además impone expectativas, que el grupo, inconscientemente hace suyas, generando el comportamiento correspondiente.
Con el fin de dar un cauce operativo a este saber, importa centrar el análisis más en la percepción del fenómeno, determinada por el significante, símbolo o palabra que lo representa, que en el juego de expectativas que genera dicha designación en el propio fenómeno. Como hace el comandante del ejército atacado, que si hubiese nombrado a los animales como leones, sus soldados habrían sido consumidos por el miedo primero, y por los leones luego.
El lenguaje es una cárcel, por cuanto todo fenómeno representado por un símbolo queda sometido a una estructura que le otorga un significado particular, no pudiendo escapar de él, so pena de entrar en la psicosis.
Complejo dilema para el educador, que es un prisionero más del lenguaje. ¿Cómo escapar al símbolo que se interpone entre su percepción y el fenómeno, como ver un significado distinto al símbolo “primer año B”, si ya se estableció una relación significante significado nefasta?
Pero, “primer año B”, es sólo una designación del fenómeno, entre muchas otras. Ellos también son, “alumnos del colegio cualquiera”, una “nueva generación de estudiantes”, los “forjadores del futuro”, “hijos ilustres de tal lugar”, el “orgullo de sus padres”, “adolescentes en búsqueda de una identidad”, “seres en formación”, etc.
¿Qué tal si en lugar de nombrárseles leones se les nombra perros…?

Fernando Honorato Basualto
Psicólogo Universidad de Chile
fdohonorato@hotmail.com

FASE DEL ESPEJO Y NARCISISMO NORMAL Y PATOLOGICO APLICADO AL LIDERAZGO

martes, 11 de agosto de 2009


La fase del espejo, definida por Lacan como el momento del encuentro de sí mismo frente al espejo, cuyo valor radica en el reconocimiento que hace el infante del otro como un objeto integrado, con una lógica fisiognomónica, que le da sentido a la propia imagen, en contraposición con el caos circundante, anterior a este momento, donde solo percibe partes dispuestas de un modo casual,no obstante el sentimiento de júbilo que tal reconocimiento promueve en el infante, por el descubrimiento de la magnificencia de la imagen especular, la fijación a este momento impide el paso de lo imaginario a lo simbólico y la resolución del complejo de Edipo.
El narcisismo, por lo tanto, visto como la fijación del sujeto a la imagen de sí mismo en espejo, si bien permite el goce de los favores de la inconsciencia, impone el fracaso del ingreso del sujeto al orden social, cuya condición es la simbolización y la aceptación de la ley del padre.
El sujeto narcisista, atrapado en la imagen de sí mismo, se incorpora al mundo de los hombres, pero sujeto al deseo del otro, con una confusión de papeles y lugares, atrapado en relaciones simbióticas y ambiguas, desprovisto de una identidad propia, o al menos bien delimitada, incapaz de autogobernarse, de generar un espacio propio, de crear un estilo de vida original, y, quizá, lo más grave, de interactuar auténticamente con los demás.
El narcisismo, consecuencia de la fijación del sujeto a la fase del espejo, predispone al desarrollo de una personalidad que Otto Kernberg denomina “Personalidad Narcisística”, cuyas características resume en tres conjuntos de rasgos, descritos en el cuadro 1, transcrito de Revista de Psiquiatría, 1988, N° V, Pág. 105:





Patología de la Estimación del Sí Mismo
Autorreferencia excesiva
Grandiosidad
Superioridad Exhibicionista
Necesidad de admiración por parte de los demás
Superficialidad emocional
Crisis de inseguridad
Estructura
Patología de las Relaciones de Objeto
Envidia consciente e inconsciente
Mecanismo de Defensa: devaluación
Explotación de otras personas
Incapacidad de depender de otros
Falta de empatía
De
Personalidad
Narcisística
Patología del Super Yo
Leve
Incapacidad de experimentar depresión
Graves cambios de ánimo
Tendencia a regirse por vergüenza en vez de culpa
Falta de integración de valores éticos adultos
Grave
Conducta antisocial
Agresión egosintónica
Tendencia paranoidea
Narcisismo Maligno
El narcisismo, descrito en su dimensión patológica, encuentra expresión más atenuada en los sistemas sociales, en los diferentes roles desempeñados por el sujeto. Referido al liderazgo, el cuadro 2 describe las polaridades normal y patológica del narcisismo:



Narcisismo Normal
Narcisismo Patológico
Seguridad en sí mismo
Capacidad de reconocer errores y tolerar su exposición
Capacidad de tolerar la agresión
Capacidad de intuición, empatía y conocimiento de la naturaleza humana
Selección adecuada de colaboradores
Tolerancia y estímulo al desarrollo personal de otros
Inseguridad recubierta de hiperseguridad como compensación
Desprecio a la opinión de los demás, especialmente si contradicen sus convicciones
Incapacidad de tolerar agresión, porque es sentida como un ataque al Yo grandioso patológico
Hace todo lo posible para que todo el mundo lo quiera todo el tiempo
Incapacidad de empalizar y reconocer las necesidades de los demás
Selección de colaboradores incondicionales con expulsión de los críticos
Envidia, que le impide tolerar la creatividad o los aportes de otros
Idealización del personal de otros departamentos, como descalificación
Impulsor de la competencia y la traición entre pares
Fuente: Dimensión Psicológica e Integridad en el Estilo Administrativo, Dr. Otto Kernberg, Rev. Psiquiatría, 1989, N° VI, Pág. 17.
Fernando Honorato Basualto

CASTRACION, ALIENACION Y ORGANIZACIÓN SOCIAL

La castración, que impone la voluntad del padre y marca el ocaso del complejo de Edipo, cuya acción recae sobre los deseos incestuoso y parricida del niño, continúa su tarea en la sociedad, que frena de un modo inclaudicable la realización de los deseos del individuo, negándole, finalmente la condición de ser auténtico, requisito indispensable para la pertenencia al orden social.

La castración, que así entendida, es el móvil constitutivo de los sentimientos de rebeldía o rechazo que abrigan algunas ideologías que se oponen de un modo crónico al poder establecido, encuentra su relativización y conciliación con los conceptos de placer y realidad, introducidos por la teoría psicoanalítica.

Pese a lo seductor que resulta la posibilidad de satisfacción del deseo, el modo de encuentro en la realidad con el fenómeno, constituye la génesis de la enfermedad o la salud. Impedido de escapar a la simbiosis, el individuo que satisface el deseo, ve imposibilitado su ingreso en el orden simbólico, que le otorga un nombre y un lugar en la sociedad.

La castración es la alienación, pues sitúa al individuo más allá del placer, al imponer la prohibición, expresada por el nombre que lo distingue y le niega autenticidad. La alienación o castración es también la realidad, principio sustitutivo del placer, que busca satisfacción inmediata. El principio de realidad es la postergación del goce, o su anulación.

El modo como el individuo se sitúa ante los principios del placer y de realidad, le otorga el sello distintivo de su inserción en orden social. Así, la realización, la negación o la transformación del deseo, constituyen el sustento de un tipo particular de estructura.

El psicótico, se sustrae a la alienación, que lo deja libre del orden simbólico, pero atrapado por el deseo. En la paidofilia, situada como una particular subestructura de la psicosis, se produce una inversión en la búsqueda del goce, por el doble componente de atracción e identificación constitutivo del complejo de Edipo, impulsado talvez por la propia perversión del objeto que niega constitutivamente para sí la ley paterna, imposibilitando su implantación en el orden familiar.

En la neurosis asistimos al triunfo de la prohibición, expresado en el obsesivo a través de rituales de aseguramiento que denotan la inseguridad y desconfianza del propio individuo en sus medidas de control. La histérica, en cambio, con su paradójica estructura, que le permite jugar y confundir con su forma de control, expresa a través de su comportamiento seductor la fuerza de la prohibición, que encubre a través de una pseudo inclinación al goce. El conflicto, tanto en la histérica como en el obsesivo, es la búsqueda de un deseo que saben prohibido, pero al cual no pueden renunciar.

Solo la renuncia al deseo incestuoso y a la reacción parricida ante la prohibición, vale decir, la aceptación de la castración, pueden liberar al individuo de su estructura patógena y aproximarlo a satisfacciones y realizaciones sucedáneas.

Tras la renuncia a los deseos incestuoso y parricida se constituye el sujeto, por su aceptación de la castración y la identificación alienante con el nombre que le es otorgado y lo diferencia en el seno de la sociedad, esto es, por la supremacía del principio de realidad.

La organización social, con su estructura normativa, sirve a la función de castración del padre, promoviendo su impotencia, que constituye la metáfora de la renuncia al deseo y el ingreso en el universo simbólico alienador.


Fernando Honorato Basualto
Psicólogo

Experimento Milgram 1ª parte

domingo, 19 de julio de 2009

link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=

Experimento Milgram 2ª parte

sábado, 18 de julio de 2009

link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=

El experimento de Milgram

viernes, 19 de junio de 2009

El experimento de Milgram fue un famoso ensayo científico de psicología social llevado a cabo por Stanley Milgram, psicólogo en la Universidad de Yale, y descrito en un artículo publicado en 1963 en la revista Journal of Abnormal and Social Psychology bajo el título Behavioral Study of Obedience (Estudio del comportamiento de la obediencia) y resumido en 1974 en su libro Obedience to authority. An experimental view (Obediencia a la autoridad. Un punto de vista experimental). El fin de la prueba era medir la buena voluntad de un participante a obedecer las órdenes de una autoridad aún cuando éstas puedan entrar en conflicto con su conciencia personal. El investigador (V) persuade al participante (L) para que dé lo que éste cree son descargas eléctricas dolorosas a otro sujeto (S), el cual es un actor que simula recibirlas. Muchos participantes continuaron dando descargas a pesar de las súplicas del actor para que no lo hiciesen.Los experimentos comenzaron en julio de 1961, un año después de que Adolf Eichmann fuera juzgado y sentenciado a muerte en Jerusalén por crímenes contra la humanidad durante el régimen nazi en Alemania. Milgram estaba intrigado acerca de cómo un hombre completamente normal, e incluso aburrido, y que no tenía nada en contra de los judíos había podido ser un activo partícipe del Holocausto. ¿Podría ser que él y el millón de cómplices únicamente siguiesen órdenes? Milgram lo resumiría al escribir: Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio Método del experimento A través de anuncios en un periódico de New Haven (Connecticut) se reclamaban voluntarios para participar en un ensayo relativo al "estudio de la memoria y el aprendizaje" en Yale, por lo que se les pagaba cuatro dólares más dietas. A los voluntarios que se presentaron se les ocultó que en realidad iban a participar en un investigación sobre la obediencia a la autoridad. Los participantes eran personas de entre 20 y 50 años de edad de todo tipo de educación: los había que acababan de salir de la escuela primaria a participantes con doctorados. El investigador comunica al participante voluntario a investigar y a otro que se hace pasar también por participante, pero que en realidad es un cómplice del investigador, que están participando en un experimento para probar los efectos del castigo en el comportamiento del aprender. Se les señala que es escasa la investigación llevada a cabo en este campo y se desconoce cuánto castigo es necesario para un mejor aprendizaje. A continuación, cada uno de los dos participantes escoge un papel de una caja que determinará su rol en el experimento. El cómplice toma su papel y dice haber sido designado como "alumno". El participante voluntario toma el suyo y ve que dice "maestro". En realidad en ambos papeles ponía "maestro" y así se consigue que el voluntario con quien se va a experimentar reciba forzosamente el papel de "maestro". Separado por un módulo de vidrio del "maestro", el "alumno" se sienta en una especie de silla eléctrica y se le ata para "impedir un movimiento excesivo". Se le colocan unos electrodos en su cuerpo con crema "para evitar quemaduras" y se señala que las descargas pueden llegar a ser extremadamente dolorosas pero que no provocarán daños irreversibles. Todo esto lo observa el participante. Se comienza dando tanto al "maestro" como al "alumno" una descarga real de 45 voltios con el fin de que el "maestro" compruebe el dolor del castigo y la sensación desagradable que recibirá su "alumno". Seguidamente el investigador, sentado en el mismo módulo en el que se encuentra el "maestro", proporciona al "maestro" una lista con pares de palabras que ha de enseñar al "alumno". El "maestro" comienza leyendo la lista a éste y tras finalizar le leerá únicamente la primera mitad de los pares de palabras dando al "alumno" cuatro posibles respuestas para cada una de ellas. Éste indicará cuál de estas palabras corresponde con su par leída presionando un botón (del 1 al 4 en función de cuál cree que es la correcta). Si la respuesta es errónea, el "alumno" recibirá del "maestro" una primera descarga de 15 voltios que irá aumentando en intensidad hasta los 30 niveles de descarga existentes, es decir, 450 voltios. Si es correcta, se pasará a la palabra siguiente. El "maestro" cree que está dando descargas al "alumno" cuando en realidad todo es una simulación. El "alumno" ha sido previamente aleccionado por el investigador para que vaya simulando los efectos de las sucesivas descargas. Así, a medida que el nivel de descarga aumenta, el "alumno" comienza a golpear en el vidrio que lo separa del "maestro" y se queja de su condición de enfermo del corazón, luego aullará de dolor, pedirá el fin del experimento, y finalmente, al alcanzarse los 270 voltios, gritará de agonía. Lo que el participante escucha es en realidad un grabación de gemidos y gritos de dolor. Si el nivel de supuesto dolor alcanza los 300 voltios, el "alumno" dejará de responder a las preguntas y se producirán estertores previos al coma. Por lo general, cuando los "maestros" alcanzaban los 75 voltios, se ponían nerviosos ante las quejas de dolor de sus "alumnos" y deseaban parar el experimento, pero la férrea autoridad del investigador les hacía continuar. Al llegar a los 135 voltios, muchos de los "maestros" se detenían y se preguntaban el propósito del experimento. Cierto número continuaba asegurando que ellos no se hacían responsables de las posibles consecuencias. Algunos participantes incluso comenzaban a reír nerviosos al oír los gritos de dolor provenientes de su "alumno". Si el "maestro" expresaba al investigador su deseo de no continuar, éste le indicaba imperativamente y según el grado: Continúe, por favor. El experimento requiere que usted continúe. Es absolutamente esencial que usted continúe. Usted no tiene opción alguna. Debe continuar. Si después de esta última frase el "maestro" se negaba a continuar, se paraba el experimento. Si no, se detenía después de que hubiera administrado el máximo de 450 voltios tres veces seguidas. En el experimento original, el 65% de los participantes (26 de 40) aplicaron la descarga de 450 voltios, aunque muchos se sentían incómodos al hacerlo. Todo el mundo paró en cierto punto y cuestionó el experimento, algunos incluso dijeron que devolverían el dinero que les habían pagado. Ningún participante se negó rotundamente a aplicar más descargas antes de alcanzar los 300 voltios. El estudio posterior de los resultados y el análisis de los múltiples tests realizados a los participantes demostraron que los "maestros" con un contexto social más parecido al de su "alumno" paraban el experimento antes. Además de éste proyecto, Milgram realizó otra base de proyectos en el cual fue demostrado con ratones de experientación. El experimento consistía en mostrarles a los ratones dentro de una caja de paredes electrificadas la salida, el ratón entendía que ésta no le beneficiaba siguiendo a la proxima pared para así encontrar la salida[cita requerida]. El experimento muestra que el ratón tanto como el ser humano puede ser condicionado con presión para hacer lo que pide el demandante o maestro como en el experimento con alumnos Resultados Milgram rodó una película documental que demostraba el experimento y sus resultados, titulada Obediencia, cuyas copias originales son difíciles de encontrar hoy en día. Antes de llevar a cabo el experimento, el equipo de Milgram estimó cuáles podían ser los resultados en función de encuestas hechas a estudiantes, adultos de clase media y psicólogos. Consideraron que el promedio de descarga se situaría en 130 voltios con una obediencia al investigador del 0%. Todos ellos creyeron unánimemente que solamente algunos sádicos aplicarían el voltaje máximo. El desconcierto fue grande cuando se comprobó que el 65% de los sujetos que participaron como "maestros" en el experimento administraron el voltaje límite de 450 a sus "alumnos", aunque a muchos les colocase el hacerlo en una situación absolutamente incómoda. Ningún participante paró en el nivel de 300 voltios, límite en el que el alumno dejaba de dar señales de vida. Otros psicólogos de todo el mundo llevaron a cabo variantes de la prueba con resultados similares, a veces con diversas variaciones en el experimento. En 1999, Thomas Blass, profesor de la universidad de Maryland publicó un análisis de todos los experimentos de este tipo realizados hasta entonces y concluyó que el porcentaje de participantes que aplicaban voltajes notables se situaba entre el 61% y el 66% sin importar el año de realización ni la localización de los estudios. Reacciones Lo primero que se preguntó el desconcertado equipo de Milgram fue cómo era posible que se hubiesen obtenido estos resultados. A primera vista, la conducta de los participantes no revelaba tal grado de sadismo, ya que se mostraban preocupados por su propia conducta. Todos se mostraban nerviosos y preocupados por el cariz que estaba tomando la situación y, al enterarse de que en realidad la cobaya humana no era más que un actor y que no le habían hecho daño, suspiraban aliviados. Por otro lado eran plenamente conscientes del dolor que habían estado inflingiendo, pues al preguntarles por cuánto sufrimiento había experimentado el alumno la media fue de 13 en una escala de 14. El experimento planteó pregunta sobre la ética de la experimentación científica en sí misma debido a la tensión emocional extrema sufrida por los participantes (aunque se podría decir que dicha tensión fue provocada por sus propias y libres acciones). La mayoría de los científicos modernos considerarían el experimento hoy inmoral, aunque dio lugar a valiosos estudios sobre la psicología humana. En defensa de Milgram hay que señalar que el 84% de participantes dijeron a posteriori que estaban "contentos" o "muy contentos" de haber participado en el estudio y un 15% les era indiferente (respondieron un 92% de todos los participantes). Muchos le expresaron su gratitud más adelante y Milgram recibió en varias ocasiones ofrecimientos y peticiones de ayuda de los antiguos participantes. Hay un colofón poco conocido del experimento Milgram, reportado por Philip Zimbardo: Ninguno de los participantes que se negaron a administrar las descargas eléctricas finales solicitaron que terminara el experimento (que se dejaran de realizar ese tipo de sesiones) ni acudieron al otro cuarto a revisar el estado de salud de la víctima sin antes solicitar permiso para ello. Seis años después del experimento (durante la Guerra de Vietnam) uno de los participantes en el experimento envió una carta a Milgram explicándole por qué estaba agradecido de haber participado a pesar del estrés: "Fui un participante en 1964, y aunque creía que estaba lastimando a otra persona, no sabía en absoluto por qué lo estaba haciendo. Pocas personas se percatan cuándo actúan de acuerdo con sus propias creencias y cuándo están sometidos a la autoridad. . . . Permitir sentirme con el entendimiento de que me sujetaba a las demandas de la autoridad para hacer algo muy malo me habría asustado de mi mismo . . . . Estoy completamente preparado para ir a la cárcel si no me es concedida la demanda de Objetor de Conciencia. De hecho, es la única vía que podría tomar para ser coherentre con lo que creo. Mi única esperanza es que los miembros del jurado actúen igualmente de acuerdo con su conciencia . . . . Sin embargo, no todos los participantes experimentaron este cambio en su vida. De acuerdo con los estándares modernos, los participantes no fueron totalmente desengañados, y algunas entrevistas de salida indicaron que muchos participantes nunca entendieron del todo la naturaleza del experimento. Los experimentos provocaron críticas emocionales más acerca de la ética del experimento mismo que sobre los resultados. En la publicación Jewish Currents (actualidades judías), Joseph Dimow, un participante en el experimento de 1961 en la Universidad de Yale, escribió acerca de sus sospechas tempranas de que "todo el experimento estaba diseñado para ver si los estadounidenses comunes obedecerían órdenes inmorales, como muchos alemanes habrían hecho durante el periodo nazi". De hecho este era uno de los fines explícitos del experimento. Citando del prefacio del libro de Milgram, Obedience to Authority: "La cuestión surge para saber si hay conexión entre lo que hemos estudiado en el laboratorio y las formas de obediencia que hemos condenado de la época nazi". En 1981 Tom Peters y Robert H. Waterman Jr. escribieron que el Experimento Milgram y el posterior Experimento Zimbardo en la Universidad de Stanford eran aterradores en sus implicaciones acerca del peligro que amenazaba en el lado oscuro de la naturaleza humana. Interpretaciones El profesor Milgram elaboró dos teorías que explicaban sus resultados: La primera es la teoría del conformismo, basada en el trabajo de Solomon Asch, que describe la relación fundamental entre el grupo de referencia y la persona individual. Un sujeto que no tiene ni la habilidad ni el conocimiento para tomar decisiones, particularmente en una crisis, lo cual llevará la toma de decisiones al grupo y su jerarquía. El grupo es el modelo de comportamiento de la persona. La segunda es la teoría de la cosificación (agentic state), donde, según Milgram, la esencia de la obediencia consiste en el hecho de que una persona se mira a sí misma como un instrumento que realiza los deseos de otra persona y por lo tanto no se considera a sí mismo responsable de sus actos. Una vez que esta transformación de la percepción personal ha ocurrido en el individuo, todas las características esenciales de la obediencia ocurren. Este es el fundamento del respeto militar a la autoridad: los soldados seguirán, obedecerán y ejecutarán órdenes e instrucciones dictadas por los superiores, con el entendimiento de que la responsabilidad de sus actos recae en el mando de sus superiores jerárquicos. Variaciones En su libro Obedience to Authority: An Experimental View, Milgram describe diecinueve variaciones de su experimento. Generalmente, cuando la cercanía física de la víctima era incrementada, la obediencia del participante decrecía, cuando la distancia física de la autoridad era menor, la obediencia del participante incrementaba (experimentos 1 al 4). Por ejemplo, en el experimento 2, donde los participantes recibían instrucciones por teléfono, la obediencia disminuyó en 21 por ciento. Es interesante que algunos participantes trataron de engañar a la autoridad (el experimentador) fingiendo que continuaban con el experimento. En la variación donde la víctima tenía la mayor cercanía física con el participante, cuando los participantes tenían que mantener físicamente el brazo de la víctima sobre la placa que generaba la descarga eléctrica, la obediencia decreció. Bajo esta circunstancia, sólo 30 por ciento de los participantes completaron el experimento. En el experimento 8 los participantes fueron mujeres: Anteriormente todos los participantes habían sido hombres. La obediencia no varió significativamente, aunque las mujeres manifestaron haber experimentado mayores niveles de estrés. El experimento 10 se realizó en una oficina modesta en Bridgeport, Connecticut, fingiendo que quien realizaba el experimento era la entidad comercial "Research Associates of Bridgeport" sin conexión aparente con la Universidad de Yale (para eliminar el factor de prestigio de la Universidad que influenciara el comportamiento de los participantes). En estas condiciones la obediencia cayó al 47.5 por ciento. Milgram también combinó el poder de la autoridad con la conformidad. En esos experimentos los participantes fueron acompañados por uno o dos "maestros" (también actores, como el aprendiz o víctima). El comportamiento de los acompañantes afectó fuertemente los resultados. En el experimento 17, cuando dos maestros adicionales se negaron a cumplir las órdenes, sólo 4 de los 40 participantes continuaron en el experimento. En el experimento 18 los participantes realizaron una tarea de acompañamiento (leyeron las preguntas por un micrófono o registraron las respuestas del aprendiz) con otro maestro, quien completaba la prueba completamente. En esa variación sólo 3 de 40 desafiaron al experimentador. Recientes variaciones del experimento Milgram sugieren que la interpretación no supone obediencia ni autoridad, sino que los participantes sufren una desolación aprendida, donde se siente incapaces de controlar el resultado, de manera que abdican a su responsabilidad personal. En un experimento reciente donde se usó una simulación de computadora en lugar de un aprendiz que recibía descargas, los participantes que administraban las descargas estaban conscientes de que el aprendiz era irreal, pero aún así los resultados fueron los mismos. En la popular serie Basic Instincts, se repitió el experimento Milgram en 2006, con los mismo resultados con los hombres. En un segundo experimento con mujeres se mostró que ellas eran más proclives a continuar el experimento. Un tercer experimento con un maestro adicional para generar presión mostró que en esta condición los participantes continuaban con el experimento Ejemplos de la vida real De abril de 1995 a junio de 2004 hubo una serie de engaños, conocidos como Strip Search Prank Call Scam, en la cual trabajadores de restaurantes de comida rápida en Estados Unidos recibían una llamada de alguien que decía ser oficial de policía, quien persuadía a las figuras de autoridad para desnudar y abusar sexualmente de los trabajadores. El artífice obtuvo un alto nivel de éxito al persuadir a las víctimas para que realizaran actos que no habrían realizado en circunstancias normales. El principal sospechoso de estas llamadas, David R. Stewart, fue encontrado no culpable en el único caso que ha ido a juicio hasta ahora.

 
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